Mi querida amiga Antares insinuaba recientemente que las mujeres tienen la autoestima más frágil que los hombres. Pues se ven "acosadas por la estética, la publicidad, la mentira y la obsesión por el perfeccionismo" y caen en la búsqueda de esa mujer perfecta que sólo existe en los dibujos de Jordi Labanda.
Bajo mi punto de vista, el acoso no es de la publicidad o la estética. El acoso está provocado por el hombre. Por el hombre pareja, pero también por el hombre jefe, el hombre político y el hombre como único ostentador del poder.
Es el hombre el que no trata con justicia a la mujer. Es el hombre el que adula y exalta la belleza de un cuerpo supuestamente perfecto. Es el hombre el que no trata con respeto a las mujeres feas o gordas. Es el hombre el que ha creado los símbolos sexuales y el culto al cuerpo. Incluso es mayoritariamente el hombre el que hace la publicidad, diseña la moda e inventa los cosméticos.
La mujer tiene, entonces, básicamente dos caminos: o acepta la "superioridad" del hombre -cosa que llevaba haciendo desde el principio de los tiempos- o reclama ante la sociedad el respeto que se merece.
Pero esa reclamación de igualdad y respeto por parte de la mujer-social no puede enfrentar a la mujer-individuo con el hombre, pues sucede que la mujer tiene la necesidad "animal" de gustar al hombre. Es algo innato pues en ello va la supervivencia de la especie. Y aquí es donde se produce el conflicto.
El error que, en mi opinión, destruye la autoestima de la mujer es pensar que la llave de la felicidad está en conseguir llegar a ser esa mujer perfecta que el hombre, la sociedad y ella misma desean: la madre perfecta, la pareja perfecta, la amante perfecta, la profesional perfecta, la amiga perfecta, la más guapa y la que mejor viste.
El hombre debe tratar con más respeto, más cortesía y más benevolencia a la mujer. Y la mujer debe entender que merece ser tan feliz como cualquier hombre, pero no por eso ha de parecerse a quien no es. No hay que perseguir la perfección porque la perfección no existe. Sólo hay que fijarse en uno mismo y tratar de mejorar.
Como sabiamente dice un amigo mío: lo perfecto es enemigo de lo bueno...
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Si se aprovechara toda la energía que generan las personas que acuden a un gimnasio, éste podría autofinanciar todos los gastos sin cobrar nada a sus clientes.
Alguien debería inventar cintas de correr, bicicletas, remos y elípticos que fueran capaces de recoger y almacenar la energía generada para ponerlos en marcha. (Le cedo la idea de negocio a quien desee ponerla en marcha)
De otra forma, las personas que acuden al gimnasio se convierten en despilfarradores de energía.
Además, resulta curioso observar que, los que van al gimnasio varias veces por semana, son los que luego se enfadan porque no han podido aparcar en la puerta del restaurante o porque no funciona el ascensor o porque el mercado está a diez minutos andando... Cuando tienen la oportunidad de gastar energía con un fin práctico, les molesta hacerlo. Pero, eso sí, no les importa hacer todos los esfuerzos que sean necesarios para mantener su figura a raya.
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Cuando oigo la frase mens sana in corpore sano casi siempre es para justificar el culto al cuerpo, para reafirmar la decisión de hacer dieta, ir al gimnasio o incluso realizarse una operación de cirugía estética.
Estoy de acuerdo con Bellezasana en que debemos preocuparnos por la salud de nuestro cuerpo, pero bajo mi punto de vista, la prioridad es la mente.
¿Quién alardea de tener una mente sana? ¿Hay gimnasios de mente? ¿Hay dietas mentales? Tampoco hay cirugía mental. Será que no está de moda. Pero es que la mente no se ve a simple vista, no es algo que se pueda evaluar en cinco minutos, no está hecha para una sociedad moderna que apenas piensa y que lo devora todo con urgencia, sin detenerse, con el ansia de obtener el botín inmediatamente, sin pensar en las consecuencias para el futuro.
Desde aquí, quiero reivindicar el culto a la mente. Prefiero una única mente sana e inteligente a los cien cuerpos más sanos y bellos del universo.
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Leía hace unos días una noticia acerca de que la cirugía plástica se estaba convirtiendo en un servicio al alcance de cualquiera...
Puedo llegar a entender que este tipo de intervenciones quirúrgicas tengan algún beneficio. Me basta con que la persona intervenida sea más feliz porque eso redundará en que los que le rodean también lo sean un poco más. Pero me preocupa la debilidad mental del que no es capaz de aceptarse tal como es. Del que no puede encontrar un camino de felicidad si no es cambiando su cuerpo.
Pienso que en vez de cambiar la imagen, que no es más que una solución temporal -porque la belleza es pasajera, como bien dice Tam Tam Go!-, sería mejor cambiar la mente. Pero ya lo decía sabiamente Silvio Rodríguez: "la medicina escasa, la más insuficiente, es la de remediar la mente".
Y mi pregunta sería: ¿qué pasaría si existiese la cirugía mental? ¿Seríamos todos más listos? ¿La usaríamos para ser mejores personas o sólo para batir al contrario? ¿No sería el principio del fin del mundo?
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